y contradictorio como corresponde a todo proceso histórico de esta naturaleza [...] La vida cultural se agita y enriquece con multitud de posibilidades que implican una total renovación. La nómina de obras teatrales que se escriben y se estrenan es impresionante, y durante estos tres primeros años se producen textos de valor permanente en la dramaturgia nacional”, expresa el autor en sus conclusiones. Luego un aporte valiosísimo es una tabla cronológica de las obras estrenadas y premiadas en ese ciclo.
El segundo volumen mantiene la estructura del primero, conduciendo al lector por los senderos que marcan el movimiento teatral, en este caso el período comprendido entre 1962 y 1969, una difícil etapa en la vida cubana en todos los renglones de la cotidianidad, que complicó drásticamente el desarrollo artístico en libertad. En sus conclusiones Montes Huidobro apunta: “El dramaturgo es en esencia el portavoz del proyecto ideológico independiente que representa el proceso creador [...] El autor puede ser un agente ideológico peligroso (entre los marxistas) o un estorbo que debe mantenerse lo más alejado posible del escenario (entre los mercaderes del quehacer escénico) que no hace más que entorpecer lo que los otros quieren hacer, para vender su mercancía con la obra escrita por el dramaturgo”.
En su conjunto, estos libros muestran el rostro vivo de la dramaturgia cubana entre 1959 y 1969, pero traslucen también el espectro del terror, la persecución y la falta de libertad, que va cubriendo los escenarios cubanos. Sin duda, otro de los imprescindibles estudios para entender el último medio siglo en la vida de los cubanos.