Cada entrega de la serie Estampas de la Cuba Eterna (Ediciones Universal, 2009) del prolífico escritor cubano José Sánchez Boudy, “Pepito”, es una delicia. Con humor, memoria realmente envidiable y (valga la redundancia), una vida muy bien vivida, el escritor recrea los episodios y estampas nacionales. Estas viñetas reconstruyen la memoria colectiva, refrescan el pasado, hacen emerger, para las nuevas generaciones, anécdotas, costumbres y realidades sobre Cuba, su pasado republicano y su gente. Pero van mucho más allá, describen el vestuario, el lenguaje, los modismos, y los sitios, algunos ya desaparecidos o que cedieron el espacio.
El tomo IV de la serie, lleva como subtítulo Cuando Cuba bailaba. Sánchez Boudy se regodea en el acervo musical, la alegría y el ritmo de los cubanos. Deleita al lector cuando enumera algunos de los centros para bailar y pasar un día de asueto: “Cuba era feliz. Se bailaba en el Telefónico, en el Candado, en el Atlético –frente a mi casa, el Glorioso Anaranjado–, en la Sociedad del Pilar, en el Fortuna, en el Aduanas, en Los Jóvenes del Cayo, en el Isidoro Club, en el Cubanacán, en el Liceo del Tennis Club de Camagüey, y en lo alto del Casa Grande, de Santiago, en el San Carlos, de Cienfuegos, y hablo de rondón, que si detallo no tengo para cuando acabar”.
Algunas estampas son encantadoras, como La playa de Marianao. Primero describe el lugar: “Marianao era entonces un arrabal de La Habana”... Luego añade otros aspectos: “El tranvía nos dejaba como a una cuadra de la playa y había que caminar”... “Los domingos, en la pista circular [...] se bailaba unos danzones [...] marcando el pasito, con la mano derecha bien levantada y el cuerpo como una estaca” [...] Las damas que bailaban tenían el pelo
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