En ella, gracias a las gestiones del joven escritor, se ofrecieron charlas, conferencias y exposiciones.
Guillermo Hernández denunció en 1988, ante la 44ta. Sesión de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, en Ginebra, la barbarie castrista. Su intervención se recoge en el libro, así como el doloroso testimonio de los ultrajes a los que fue sometido cuando salió de la isla: “Gritando consignas comunistas, trataron de violentar la puerta de mi vivienda”, describe sobre los actos de repudio a los que fue sometido.
Hacia el final del libro se reúnen varios ensayos, todos brillantes y lúcidos, destacando uno sobre la literatura hispana en los Estados Unidos y el titulado Sobre la fe y mis dudas: “En un país donde es (siempre lo fue) muy difícil «creer» en el sentido más filosófico y puro de la palabra, porque a la creencia popular llena de ritos y mitos de santos y demonios se une la realidad cruel de que la dignidad plena del hombre fue violada muchas veces”.
El libro incluye un concienzudo trabajo de Yara González Montes poniendo en perspectiva la poesía de Hernández, y donde expresa que su poesía “está permeada de angustia, de rebeldía, de desolación”. Luego concluye que el escritor: “afrontó con aplomo y valentía su destino trágico. Al partir nos dejó un invaluable legado, su canto. A través de él, se sobrepone a la muerte”.