Los tres estaban sentados a la mesa sin decir una palabra. La madre sentada frente a los dos hijos. El mayor al lado de la que perecía ser su hermana menor de un lado. Ambos lucían un fuerte parecido. Cada uno miraba al frente pero sin ver nada. Los tenedores subían y bajaban en cuidadoso silencio, como si tuvieran temor de que algún ruido les recordara que no se encontraban solos.
El camarero hablaba con los clientes de otras mesas, pero cuando pasaba cerca de ellos tres callaba, recogía los platos sin hacer ningún contacto de vista y se movía con rapidez.
Parecían estar en otro mundo. Quizás era yo la que se encontraba fuera de sitio. La cuenta del consumo les llegó sin que la hubieran pedido, como si fuera de esperarse. Después de pagar, se levantaron en unísono, sin mirarse uno al otro, y con el mismo silencio salieron en fila del restaurante.
Estoy segura que ese silencio los acompañó durante el viaje a casa y que al llegar a su destino cada uno pasó a su habitación y cerró la puerta como de costumbre. ¿Cuándo dejaron de hablarse y que los llevó a este triste punto? ¿Cómo acordaron cenar juntos? ¿Se dejaron un mensaje escrito en la puerta del refrigerador?
No es la primera vez que veo a personas sentadas a la mesa en un restaurante sin decirse una palabra, pero por algún motivo esta vez lo noté mucho más e incluso me afectó. Tal vez fue la edad de los tres, la madre era joven, el varón a lo mejor tenía unos quince años y la niña no más de doce. Actuaron de manera muy familiar pero les faltaba la expresión del rostro o a lo mejor la falta era su expresión.
El mundo pierde su colorido cuando nos dejamos de hablar.
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