Es una frase hecha la de que el hombre está hoy en una encrucijada, pero es la pura verdad. Ello no es alarmante, porque estar en una encrucijada quiere decir tener aún posibilidad de elegir. Lo peor sería estar en un callejón sin salida.
La encrucijada en que estamos, o vamos en camino de estar todos, es la última de una serie de encrucijadas. El curso histórico se ha convertido en proceso geológico; el poder no es, pues, más que la presión enorme que unas capas de la sociedad ejercen sobre las otras, y viceversa, sin que pueda saberse quién cabalga sobre quién -quién manda-. Y de ahí que la expresión "el poder por el poder" sea insuficiente para describir tal situación histórica. Pues cuando aparece el poder que pretende justificarse a sí mismo, el hombre que lo ejerce es capaz de mantenerse por lo menos en equilibrio, de tener bien firmes, en nombre del poder autojustificable, las riendas no sólo de la sociedad, sino también de su propia persona. Nada de eso sucede en la conmoción "geológica". Algunos hombres, en vista de la situación, "se deciden" por el poder. Bien. Desde el primer instante descubren que esta "decisión" no tiene de tal sino el nombre. Se ha dicho que en tales momentos el poder es usurpado. Esto sería sólo un modo de decir. Y sería mejor decir que el hombre mismo se deja arrebatar por el mando. El hombre que sobre él anda posee sólo la apariencia de la dominación y las fingidas riendas de la desbocada cabalgadura.
¿Por qué, sin embargo, se decide por ello? La raíz psicológica es casi siempre la misma: se trata de "medrar", de "situarse". Estos hombres parecen tenerlo todo menos escrúpulos. Si la vida lo pide, parecen decirse, démosle lo que
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