Luisito tiene la costumbre de anotar en un cuaderno alguna de las palabras que va aprendiendo y su significado. Crece junto a Juan y Marta, sus padres, que tratan de educarlo y ofrecerle lo mejor. Pero están en Cuba, en medio de las dificultades propias de una sociedad totalitaria, cuyo propósito es someter al pueblo y vencerlo por el hambre y la falta de esperanzas. Juan, bibliotecario profesional, termina vendiendo libros en una plaza pública para poder conseguir unos dólares y sortear las necesidades en un país donde se gana en pesos cubanos, pero se compra en dólares norteamericanos. La vida a la familia González le da un vuelco cuando se ganan la lotería de visas y se abre la posibilidad de comenzar una nueva vida en los Estados Unidos... lugar donde también afrontan algunas dificultades. Esta es, a grandes rasgos, la anécdota de Tarareando (XLibris, 2011), del escritor cubano Jorge Luis Llópiz (1960), autor, además, de Juego de intenciones (2000) y Los papeles de Ventura (2010).
La novela está escrita con una prosa muy agradable, llana, cuya principal herramienta narrativa (y su carta de triunfo) es la naturalidad en el lenguaje, la sencillez con la que van presentándose los diferentes escenarios y la atmósfera que ronda el texto, donde se inserta la letra de algunos boleros, también canciones populares y refranes. Los ocho capítulos del libro trascurren de una manera ascendente y cronológica, brindando el marco que retrata (creo que aquí está muy bien empleado el término) la vida del cubano durante los difíciles años del período especial.
“Semanas después de la partida de la señora de la zeta larga, el cambio de la divisa en moneda nacional casi volvió loca a la gente.
“El dólar se cotizaba a 120 pesos en la calle. Los billetes del gobierno perdieron
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