Después de tantos preparativos y expectativas, ArtBasel vino a Miami como un tornado y así mismo se fue. El lunes por la mañana, luego de la noche anterior, no quedaban rasgos de lo que había sido una de las semanas más grande del arte en la ciudad. Los comentarios en blogs , Facebook y Twitter ya hablaban al medio día sobre otras cosas porque crónica referente a Basel y las innumerables fiestas eran muy de “ayer”.
Desde su comienzo no me he perdido una exhibición de Art Basel, así como las exhibiciones “satélites” que presentan por la ciudad. No siempre he podido ir a todas pero si he hecho el intento de ver varias. Indeleblemente es una experiencia no solo por el arte que presentan, sino, además, para observar a la gente, sus vestimenta y excéntrico atuendos.
Me parece que este año la exhibición principal de ArtBasel reflejaba un poco la economía y el humor mundial. En general diría que encontré todo bastante atenuado. Incluso, el vestir de los concurrentes carecía de su siempre esperada y apreciada vanguardia. Nada resaltaba, ni por malo ni por bueno.
La obras no estaban muertas, ni dormidas. Uno tenía la sensación de que intentaba encontrar de que agarrase y luego soltarse. No lo lograron este año, según mi estimación, y sería interesante ver si el año próximo lo consiguen. Así es el arte, continuamente en movimiento con altas y bajas. Lleno de contrastes y vida. Es un espejo también y creo que refleja lo que vivimos a cierto modo estos días.
En ese sentido, la semana de Art Basel cumplió su labor. El arte habló y se expresó, en grupo e individualmente. Cada cual salió con su propia experiencia y la esperanza de que continué viviendo en uno hasta la próxima.
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